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Los drones: ¿negocio, juguete o peligro?

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jueves, 11 de febrero de 2016
Los drones: ¿negocio, juguete o peligro?

Poco a poco, los drones se van introduciendo en nuestra sociedad. Cada vez es más frecuente escuchar a un niño pedirle a su padre ese novedoso regalo para su cumpleaños o alguna fecha especial. Sin embargo, los drones tienen múltiples usos y su empleo puede poner en riesgo dos principios clave de cualquier sociedad: la vulneración de la privacidad de personas y negocios y la amenaza sobre el espacio aéreo.

 

En su mayoría, los aviones no tripulados se usan con fines recreativos. Funcionan a control remoto mediante radiofrecuencias y pueden ser controlados desde un simple smartphone. Su peso no excede los 25 kilos, pueden tener una autonomía de vuelo entre 30 minutos y dos horas, e incluyen cámaras y sistemas infrarrojos a manera de GPS.

 

Estos aparatos, en ocasiones tan pequeños como un colibrí, prometen unas posibilidades infinitas. En sus usos no recreativos, tienen múltiples funciones que ya aportan muchos beneficios a sus usuarios. Algunos sirven para dirigir con precisión agua y pesticidas a los cultivos, con lo que ahorran dinero a los agricultores al tiempo que reducen el riesgo ambiental, pueden inspeccionar grandes estructuras como oleoductos y líneas eléctricas y encontrar víctimas en desastres naturales, vigilar las fronteras o realizar fotos  aéreas a bajo coste, entre otras múltiples funciones.

 

Estos aparatos ya son una realidad para el uso civil, ya que todos los ciudadanos pueden adquirirlos en tiendas. La industria estima que en la próxima década las ventas de aeronaves no tripuladas de uso comercial llegarán a 89.000 millones de dólares. En los próximos cinco años, sólo en Estados Unidos, estarán operando 7.500 drones con regularidad.


Sin embargo, a pesar de todos los beneficios que prometen estos aviones en miniatura, muchos expertos temen las repercusiones que la venta indiscriminada de esta tecnología pueda traer para la seguridad y privacidad de las personas y empresas. Dentro de diez años se cree que supondrán el 10% del mercado aeronáutico europeo. Útiles. También divertidos. Pero con una cara oscura. Pueden ser un riesgo para la navegación aérea y un arma terrible el día que los terroristas reparen en ellos. Incluso constituyen una amenaza para la intimidad, pues están ya en condiciones de convertirse en un gran hermano que invade nuestra intimidad desde el aire.


Recientemente ha surgido una polémica por la utilización de estos drones. La intrusión de un dron en miniatura en el jardín de la Casa Blanca, hace algunos días, reabrió el debate sobre la regulación de estos aparatos, de hecho, la policía británica está estudiando el uso de aves rapaces para luchar contra delincuentes y terroristas, un proyecto que ya ha puesto en marcha la policía holandesa con águilas ante la corriente creciente de drones susceptibles de ser empleados por delincuentes.


El gobierno español está estudiando regular la adquisición de estos drones. Las medidas serán que no sobrevolaran zonas pobladas y se tendrá que tener una licencia para su manejo. El reto de esta iniciativa está en el seguimiento que deberá dársele. Si el gobierno crea restricciones y penas, ¿cómo las hará cumplir? ¿Se creará un sistema de control aéreo exclusivo para drones? ¿Cómo se evitarán los choques contra estructuras, personas u otras aeronaves? ¿Será necesario inventar sistemas de defensa para proteger viviendas, colegios o negocios de ataques o vigilancia con drones? Todas estas preguntas continúan sobre la mesa, mientras se espera que la legislación le tome el paso a los avances del mundo moderno para no poner en riesgo ni la vida de las personas ni sus negocios.

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